Gente corriente (versión larga)

A veces las cosas se pierden y acaban apareciendo donde uno menos se lo espera. Este texto, en su versión original (un poco más larga) lo ha hecho cuando ya no lo buscaba y por eso, por el esfuerzo de aparecer, que siempre es muy costoso para todo el que se pierde, lo traigo aquí para que tenga su minuto de protagonismo. Dejo debajo el anterior, el que se publicó en el periódico, un poco más cortito, por si alguien tiene los bolsillos más pequeños.


Vinieron a la escuela un día de marzo. Recuerdo que era marzo porque en el patio de atrás había un almendro y el almendro siempre florecía en marzo, justo antes de que viniesen las últimas lluvias del curso y luego todo fuera sol hasta el final del verano. Vinieron un día de marzo con todos sus cachivaches en una furgoneta, llena de cámaras y filtros y cables largos. A mí me fascinaron los filtros, que eran de colores que no había visto nunca y si se juntaban creaban otros colores distintos más sorprendentes todavía. A Tomás lo que más le gustaron fueron las cámaras, le recordaban a su abuelo, que había trabajado en el primer cine de la Gran Vía.
Vinieron a clase y pudimos salir en medio de clase al patio, con ellos. Al almendro. Vestían raro. No vestían como mi padre, no llevaban corbata y ni siquiera camisa, y aunque ya no era invierno llevaban los cuellos de los jerseys subidos hasta la mandíbula. Pensábamos que eran de otra ciudad, por eso lo de la ropa, o incluso de otro mundo, llegó a decir Tomás en la fila, tienen las uñas más raras de lo habitual, mientras se mordía su preferida, la del meñique derecho.
Nos hicieron pasar uno a uno frente a sus cámaras. Nuestra maestra nos iba peinando antes a todos con el mismo peine y con un poco de agua de la fuente que había junto al almendro. Nos hacían pasar uno a uno, el pelo hacia atrás por el agua que había junto al almendro, y nos decían que hiciéramos lo que más nos apeteciera. Algunos sólo lloraban, otros bailaban con más intención que ritmo, los más cubrían el intento recitando a Panero, que para eso lo habíamos estado aprendiendo en clase aquella semana. Tomás, embobado con las cámaras y yo, con un truco de magia que no podía fallar, esperábamos turno bastante aburridos. Tomás, el bruto de la clase, o eso pensábamos, Tomás, le dije entonces, a que no te atreves a llegar allí y soltarles el chiste más verde que te sepas y luego a tirarles una piedra a las cámaras y terminar con una pedorreta, a ver qué pasa. A que no tienes huevos, que sabía que eso le comía por dentro, a que no tienes huevos, me respondió mientras me hundía el puño en el estómago, a que no tienes huevos, murmuraba acercándose a la cámara, mira...
Y Tomás lo hizo, chiste, pedorreta y más. Y otra vez, porque ellos lo pidieron, y otra más a la semana siguiente, en directo para Televisión Española, el nuevo niño prodigio que adoran todas las madres, no hace falta hacer más pruebas.
Y me quedé allí, aquí, con la raya perfecta en medio de la cabeza, con el estómago hacia adentro mirando en el reloj el momento exacto en que me convertí en gente corriente y mis quince minutos de magia escurriéndose por algún agujero en los bolsillos.

Comentarios

desconocido ha dicho que…
pues gracias por la versión larga... alguna ventaja teníamos que tener los que ya no te leemos en papel! :(
Sergio Romero ha dicho que…
Te leo siempre que publicas en la tribuna, me alegro de haber visitado este blog. Fantástico!

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